María José Alarcón
Recoleta
Desde pequeña recorría la cocina del restaurant en donde trabajaba su padre. No le gustaba la escuela, la niña siempre quiso trabajar. Primero lavó los platos, se hizo amiga de las ollas y también sirvió las mesas.
De su madre aprendió el verbo compartir, repartir y también a multiplicar las porciones para que nadie quedara sin comer. Ahuyentar el hambre se lleva en la sangre y se hereda en el rito de la solidaridad en el barrio de La Vega donde los alimentos abundan en el centro mayorista, pero escasean en mesas pobres y en la boca del que duerme sin techo en la avenida La Paz.
La pandemia en el barrio aumentó los platos vacíos y la mesa sin pan. Meses de cesantía vaciaron los bolsillos de los trabajadores más sencillos. El agobio, la angustia y la incertidumbre todo lo cubrieron y vino el tiempo de cocinar.
María José y sus compañeras visitaron una a una las casas pidiendo alimentos a quienes podían compartir. Recorrieron también La Vega acarreando las verduras que con cariño los comerciantes entregaban a los almuerzos generosos que salían de las ollas que cocinaban para poder sobrevivir en tiempos tan duros donde el virus voraz amenazaba con la muerte y la enfermedad a los habitantes del planeta entero.
Su cité se volvió cocina, espacio de vapor tibio, de aroma sabroso, de deliciosas preparaciones. Los vecinos hacían largas filas para recibir su plato caliente. El cucharon de María José estiraba la porción de lentejas, el menestrón y también los porotos: acá nadie se quedó bajo de la mesa.
Ella conoce su barrio, sus dolores y también la miseria de los que viven en la calle. Ella mira a los ojos el hambre de pueblo en un país que simula un desarrollo que no es tal, no se queda de espectadora, le rompe el alma la pobreza inmerecida y arma con sus redes y condimentos la minuta que alimenta no solo el estómago, sino que también la dignidad.
La mano de su madre esta en su mano que aliña, que pica la zanahoria, que fríe la cebolla. Es ella y su madre desde el cielo multiplicando los panes ganando la batalla al desamparo.
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