La que busca, siempre encuentra (Luz Eliana, Valdivia)


Levanta la tapa de la gran olla donde hierven los porotos y revisa cuanto les falta para estar listos. Levanta la tapa de la otra olla donde la longaniza picada está mezclada con zanahoria rallada y revuelve la sabrosa sazón con una cuchara de palo.


La sede huele a cocina de casa mientras amasa las sopaipillas que pronto serán fritas en el gran sartén donde se calienta el aceite. La labor no la cumple sola, cuenta con colaboradores tan generosos como ella en su amasar.

Ella supo de la vida dura desde muy joven. Trabajó en distintos lugares antes de ingresar a una cadena de supermercados. Aprendió de los derechos de los trabajadores y poco a poco se fue integrando al mundo sindical para poder dignificar la labor que ella y sus compañeros y compañeras cumplían.

Sentía que organizar a las personas era vital para poder lograr que la empresa le diera a su personal un salario justo, una gratificación digna, condiciones laborales básicas para disminuir la diferencia entre los que mucho ganan y los que poco reciben.
Después de años de trabajar en el supermercado es despedida. Su finiquito le permite invertir y así los años de trabajo no parecen haber sido tan en vano y decide que va a descansar, que no quiere trabajar más.
Chile estalla y luego viene la pandemia.

Por las calles de la población se pasean vecinos y vecinas cesantes y el agobio por no tener con que pagar las cuentas, se mezcla con la despensa vacía y el miedo al contagio.

Acá de hambre nadie se puede morir, pensó ella, y comenzó a recolectar alimentos en los almacenes del barrio y en las casas en donde la desgracia de quedar sin trabajo aun no llegaba.

La que busca siempre encuentra, el camino, la forma, la estrategia, la solución para armar lo que se propone. Fue así que la sede del barrio se empezó a llenar de fideos, de botellas de aceite, de zapallos y papas, de sacos de harina para que la olla se volviera grande y generosa para quien necesitara comida caliente.

Los vecinos y vecinas se fueron sumando y así la cocina tuvo más manos para cortar la cebolla y para pelar los tomates.

Amar al pueblo, es siempre alimentar al pueblo, ella lo sabe de sobra, por eso cuando la sede abre sus puertas para repartir el almuerzo, los vecinos y vecinas llegan agradecidos de esos ojos brillantes que iluminan su rostro sobre la mascarilla, atrás del vapor de la olla que alimenta la esperanza de un territorio que no deja de luchar por salir adelante.

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